Hay edificios que se recorren… y otros que se descubren como si fueran una historia.

En el centro de este inmueble, como si alguien hubiera querido guardar un secreto, se encuentra un ascensor proyectado en 1906 por el arquitecto Ramón Cortázar y estrenado en 4/1908. En aquel tiempo, los ascensores eran casi una promesa del futuro: una tecnología nueva que cambiaba la forma de vivir los edificios y, al mismo tiempo, una forma de mostrar modernidad.

Pero aquí no se trató solo de “subir y bajar”.

El edificio en el que se integra aparece vinculado, según material fotográfico conservado en el archivo de Kutxabank, a la casa de alta costura parisina Worth, uno de los grandes nombres de la moda internacional de la época. En ese mismo material se documenta también la presencia de la reina Victoria Eugenia. Son fragmentos de historia que no explican todo, pero sugieren algo: este lugar estuvo, al menos por un instante, cerca del mundo elegante y viajero de su tiempo.

Y luego está el espacio.

La escalera no es solo una escalera. Es un vacío vertical convertido en jardín imaginario. En lugar de plantas reales, hay hierro que crece hacia arriba: hojas de hiedra, flores, ramas que envuelven el ascensor como si lo protegieran. La luz atraviesa esa estructura y la convierte en una especie de escenario cambiante.

Ese “bosque de hierro” fue creado por el maestro rejero Pascual González, un artesano capaz de dar al metal una ligereza casi inesperada, como si fuera encaje. Es también el autor del Quiosco del Boulevard. La verja, diseñada por el propio Ramón Cortázar, remata el conjunto. Con equilibrio. Arquitectura y oficio trabajando juntos sin jerarquías, como si el edificio hubiera sido pensado por varias manos que hablaban el mismo idioma.

El ascensor comenzó su vida como sistema hidráulico. Subía con suavidad, como si el edificio respirara. Y durante un tiempo, lo habitual era usarlo sobre todo para ascender, casi como un pequeño privilegio cotidiano.

Dentro, la cabina de caoba tallada a mano recuerda otra escala del tiempo: más lenta, más cuidadosa. Flores, madera, detalles que no estaban ahí por casualidad, sino para que el viaje —aunque fuera de unos segundos— tuviera importancia.

El edificio ha seguido cambiando, como todos los lugares que siguen vivos. Hoy el ascensor está siendo adaptado para cumplir la normativa de accesibilidad universal. Para ello, su estructura superior ha tenido que elevarse hasta la cubierta, una intervención compleja que permite ampliar su recorrido hasta la última planta sin borrar lo que fue.

La cabina también ha sido restaurada con cuidado, respetando materiales originales y reforzando su estructura. En ese trabajo ha intervenido el ebanista José Ramón Ibargoien, especializado en recuperar piezas históricas donde la madera todavía tiene memoria.

Y así, más de cien años después, este ascensor sigue funcionando.

No es solo una máquina.

Es un pequeño viaje vertical donde se cruzan tres cosas: la ingeniería que lo hizo posible, las manos que lo construyeron y la idea —muy humana— de que incluso los trayectos más breves pueden tener belleza.

Para quien entra hoy, sigue ocurriendo lo mismo que hace un siglo: la puerta se cierra, el mundo se queda fuera un instante… y el edificio empieza a contar su historia.